Todo lo que crece y tiene vida tiene evidencias que acompañan ese crecimiento. Si Cristo esta siendo formado hay evidencias que no pueden faltar. Te animo a que juntos podamos descubrirlas.

  1. Luminares en el Mundo

Filipenses 2:15-16 Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; enarbolando la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.

En el versículo 15, Pablo habla acerca de los hijos de Dios sin mancha que están en medio de una generación torcida y perversa. Como hijos de Dios, tenemos Su vida y Su naturaleza (2 P. 1:4), y como tales, somos luminares que reflejan la luz del sol (Cristo). Por lo tanto, somos hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa. “Sin mancha” es la calidad de una persona irreprensible y sencilla. La palabra griega traducida “perversa” significa deforme o torcida. No cabe duda que la generación actual está deformada y torcida. En medio de esta generación, debemos resplandecer como luminares en el mundo.

En el versículo 16… la palabra griega traducida “enarbolando” significa también aplicando, presentando u ofreciendo. Como hijos de Dios, debemos presentar la palabra de vida a los demás. Si los filipenses hicieran esto, el apóstol podría gloriarse en el día de Cristo de no haber trabajado en vano.

Esto estaría determinado por lo que hicieran los creyentes de Filipos. Supongamos que ellos hubieran hecho todo sin murmuraciones ni argumentos, y que por ende, fueran irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa. Supongamos además que estuvieran resplandeciendo como luminares en el mundo, y que presentaran la palabra de vida a los que estuvieran a su alrededor. Si esta fuera la condición de ellos, Pablo podría regocijarse y gloriarse al regreso del Señor.

      2. Hijos de Dios

Filipenses 2:15 Para queseáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios…

2 Pedro 1:4 Por medio de las cuales Él nos ha concedido preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.

La expresión “hijos de Dios” es muy rica en significado. Implica que Dios verdaderamente ha nacido en nosotros y que nosotros poseemos Su vida y naturaleza. Los cristianos a menudo dicen: “¡No soy más que un pecador que ha sido salvo por gracia!” Esta afirmación es cierta, pero es muy superficial si la comparamos con la revelación neotestamentaria. Cuando lleguemos a conocer la verdad de la Palabra, ya no diremos que somos pecadores salvos por gracia, sino que declararemos confiadamente: “¡Soy un hijo de Dios nacido del Espíritu!” Si usted tiene la clara visión de que es un hijo de Dios, estará lleno de gozo, agradecimiento y alabanzas. Si usted fuese el hijo del presidente de los Estados Unidos, ¿no se sentiría especial? ¿No se sentiría orgulloso de su condición? Indiscutiblemente ser hijo de Dios es infinitamente más elevado que ser hijo del presidente. En un buen sentido, debemos gloriarnos de nuestra posición como hijos de Dios. No hay duda de que somos pecadores que han sido salvos por la gracia de Dios, pero por haber nacido de Él, ahora somos Sus hijos. ¡Cuán maravilloso es este hecho!

En 2:15, Pablo declara que debemos ser hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa. La generación en la cual vivimos es perversa, deformada y torcida. Sin embargo, nosotros, los hijos de Dios, debemos ser distintos. Debemos ser irreprensibles y sencillos, sin mancha. A fin de ser hijos de Dios, necesitamos poseer Su vida. ¡Cuán maravilloso es tener la vida de Dios! Todos los verdaderos hijos de Dios deben saber que poseen la vida divina.

Además de la vida divina, tenemos la naturaleza divina (2 P. 1:4) la cual no es fácil definir cabalmente. Sin embargo, sabemos que como hijos de Dios participamos de ella y que dicha naturaleza está en nosotros. Todos los seres vivos se comportan según su propia naturaleza. Todo lo que hacen proviene de su naturaleza. Por ejemplo, un árbol de duraznos produce duraznos porque esa es su naturaleza. Sería absurdo pedirle a un árbol de duraznos que no produzca manzanas, sino únicamente duraznos.

Sin embargo, en principio, esto es exactamente lo que sucede entre muchos cristianos. Al exigir que otros se comporten de cierta manera o traten de cambiar por sí mismos, ellos olvidan que, como hijos de Dios, todos los cristianos genuinos poseen la naturaleza divina. Simplemente permitamos que esta naturaleza nos gobierne y nos dirija. Todo lo relacionado con la vida cristiana debe hacerse conforme a la naturaleza de Dios.

¡Cuán maravilloso es poseer la vida y la naturaleza de Dios!.

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