2ª Corintios 3:5-6 5

no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, 6 el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica.

El ministro competente no es alguien que llega a ser, es alguien que es. El apóstol Pablo dice que Dios nos hizo ministros competentes.

La palabra no dice que Él nos va a hacer, dice que nos hizo, y en este evangelio que se nos está revelando estamos cambiando los: “voy a ser” por los: “nos hizo”; no vamos a ser santos, nos santificó; no vamos a ser justos, nos justificó; no vamos a ser ministros, nos hizo ministros.

POR ESO NUESTRA RESPONSABILIDAD NO ES CAMINAR BUSCANDO SER ALGUIEN SINO MANIFESTAR ALGO QUE YA SOMOS EN CRISTO. Y AUNQUE ESTO PARECE FÁCIL, LA MENTE HUMANA NO PUEDE COMPRENDERLO, ESTO ES UN DEPÓSITO A NUESTRO ESPÍRITU.

Nosotros no somos alguien esperando madurar para ser, lo que se madura es lo que ya se es.

Las escrituras apostólicas nos dicen que si hemos experimentado el nuevo nacimiento SOMOS MINISTROS, si no somos ministros es porque no experimentamos el nuevo nacimiento.

Al leer este pasaje debemos dar gracias al Señor, porque es una maravilla no tener que esforzarnos a ser un ministro, porque Él ya nos hizo.

Nosotros somos personas que no debemos hacer algo para ser, cuando la mente humana trata de comprender los asuntos divinos, a eso le llamamos obra de la carne .

Hacer hoy la voluntad de Dios no es hacer lo que Cristo hizo, porque Él ya lo hizo. No estamos para hacer lo que Cristo hizo, estamos para manifestar lo que Él es, porque sus obras fueron consumadas.

El ministro no es alguien que llega a ser sino alguien que es, que está completo pero no desarrollado que llega a la estatura de Cristo a través de ser perfeccionado.

En Colosenses 1:28 Pablo, refiriéndose al Cristo que mora en nosotros como esperanza de gloria, dice: “A quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo a todo hombre”. En el original griego, la palabra “perfecto” podría traducirse también plenamente crecido, completo o maduro.

El ministerio de Pablo consistía en impartir a Cristo en otros para que fuesen hechos perfectos y completos al madurar en Cristo hasta obtener el crecimiento pleno.

Incluso al predicar el evangelio, nuestra meta debe ser impartir vida, a fin de presentar a otros maduros, perfectos, en Cristo. Al predicar el evangelio a los incrédulos, al ministrarles a Cristo y al ayudarles a recibir al Señor, no debemos simplemente tener la meta de salvarlos del lago de fuego y de la condenación de Dios.

Nuestra meta tampoco debe limitarse a que ellos experimenten el perdón de Dios; más bien, nuestra meta debe ser impartir a Cristo en ellos para que con el tiempo puedan ser presentados perfectos en Cristo.

Si al predicar el evangelio no logramos impartir a Cristo en otros, nuestra predicación se encontrará por debajo de la norma de Dios. Debemos infundir a Cristo en todos aquellos con quienes hablemos. Al predicar el evangelio, nuestra meta debe ser impartir a Cristo.

Debemos tener la misma meta al tener comunión con los santos. Cuando nos relacionamos con los santos, nuestra meta debe ser ministrarles a Cristo para que maduren en Él. Examinemos ahora varios asuntos relacionados con el tema de presentar maduro en Cristo a todo hombre.

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