2º Pedro 1:12…Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente.

Juan 1:14-18 «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Éste es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.»

1 Timoteo 2:4 «el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.»

El Evangelio consiste entre otras cosas en “no olvidar cosas”.

El evangelio es como los medicamentos, lo más importante es tomarlo, para que funcionen en nuestro organismo (no que lo hallamos comprado).

Las cosas olvidadas del Evangelio se desactivan.

Jesús le dijo a sus discípulos: hagan esto en memoria de mí (por qué le dijo esto, porque los judíos por más de 1683 años comieron la pascua en “memoria” de la salida de Egipto), a partir de ahora NO van a recordar más la partida de Egipto sino que me recordaran a Mí. .

Sin memoria no hay Evangelio.

Tenemos que ser memoriosos. Tenemos que tener una mente clasificadora de lo que oímos.

Una de las grandes labores apostólicas de la Iglesia es: RECORDAR.

Tenemos que tener cuidado con la tentación de lo NOVEDOSO. Lo novedoso tiene poder si va acompañado de “las memorias” de aquello que determina nuestra vida. Todo lo que oímos está condicionado a nuestro recuerdo y memoria.

De esto, la importancia de la exhortación del Ap. Pedro…no dejaré de recordaros…el despertaros con amonestación…esto sugiere que: Los conceptos ya oídos duermen.

Los creyentes a veces no logramos unir una verdad con otra generación por el hambre brutal de lo nuevo. Pero el secreto de lo nuevo está en la buena memoria de lo que hemos oído.

Dios no se conecta conmigo por lo que yo me acuerdo, sino por lo que Dios se acuerda de lo que me ha dicho (de lo que habló) y Dios no se olvida.

Por eso la labor de un ministro de la palabra es nunca cansarse de recordar aquellas cosas que son trascendentes y la misión de los oyentes es eliminar de la memoria toda información que no sirve.

No podemos guardar todas las cosas que TRANSPORTARON la Verdad que una vez oímos. A veces cometemos el error de recordar más a quien nos predicó la palabra que la palabra que nos predicó.

De qué sirve oír la verdad de Dios todos los días de nuestra vida, si lo hijos de Dios no entrenamos nuestra memoria en las cosas que hemos oídos de Dios.

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