Independientemente de la actividad que estemos desarrollando hoy en nuestras vidas, lo que si debemos tener en claro es que Dios nos ha llamado a ser ministros de la palabra, y debemos enfocarnos en ver la manifestación del reino de Dios en nuestras vidas.

Para ser parte de eso no tenemos que enfocarnos ni en nuestros talentos, ni en nuestros dones, ni en nuestras actividades diarias, sino enfocarnos en convertirnos en MINISTROS COMPETENTES DEL NUEVO PACTO. 

Nosotros oímos la palabra cuando nos reunimos con los santos, pero debemos tener la disciplina de seguir en nuestra casa trabajando sobre esa palabra. Si está el respeto y la disposición espiritual de seguir oyendo y meditando sobre aquello que Dios habla, los resultados van a ser gloriosos y extraordinarios. 

A través de esta palabra que Dios nos permite ministrar, podemos notar que a las personas que reciben la palabra de Dios, Él las está transformando en personas más pacientes, más tolerantes; es el fruto del espíritu, como dice el apóstol Pablo en: 

22Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. 

Galatas 5:22-23

Cuando la palabra de Dios no produce vida, lo que produce es ansiedad. Hay gente que oye el evangelio y se turba más, hay personas que escuchan la palabra de Dios y se van enojados, turbados, otros diciendo que no entendieron, otros salen totalmente excitados. Todo eso es porque hay una educación externa, donde solo nuestros sentidos son afectados, por eso hay tantos fracasos hoy en la educación. La docencia externa es un fracaso literal, el mandar a los niños a la escuela no ha hecho posible que el mundo mejore. Se ha idolatrado la educación, se ha depositado toda la confianza en que la educación hará que los niños y jóvenes se conviertan en mejores personas. 

Pero la iglesia debe  posicionar su autoridad gubernamental proveyéndole al mundo personas del espíritu, cuya enseñanza no es docente sino que viene por la vida de Dios depositada en nosotros.Cuando oímos a una predicador solo con nuestros oídos naturales,  como si fuera un maestro que nos enseñó matemática, el evangelio produce niveles de ansiedad peligrosos que hasta pueden llevarnos a niveles de la locura, porque la palabra de Dios es viva y eficaz.

Cuando tenemos la mente de un alumno natural, el mensaje de la palabra de Dios nos produce niveles de ansiedad, nos preguntamos: “cuándo yo voy a vivir eso”, “cuándo eso me va a pasar a mí, hace ocho años que vengo a la iglesia, tengo cuarenta y cuatro de creyente…”. 

Eso es porque operamos bajo la idolatría de la enseñanza docente, pero cuando experimentamos la vida de Cristo a través de la salvación y de la regeneración de nuestro espíritu, todo se vuelve diferente, porque lo que nos va a enseñar a caminar en la vida no es solo lo que un pastor predica sino Cristo mismo en nosotros, creciendo, formándose en nuestro espíritu, invadiendo la naturaleza pensante que tenemos y sabiendo que nuestra esperanza más grande es que los hijos de Dios no morimos, sino que abandonamos este cuerpo a la espera de uno perfecto y mejor, porque Dios piensa continuar con nosotros por toda una eternidad. 

Hoy entendemos más claramente por qué en el cuerpo de Cristo muchas veces hemos experimentado profundas crisis de ansiedad, crisis depresivas. Es muy triste ver a un cristiano con crisis de ansiedad, de depresión, angustia, amargura, con profundos vacíos del alma, saberse creyentes por muchos años y no tener fuerzas para venir a la reunión. Todos esos vacíos son producto de la idolatría hecha a la educación externa, más el Señor dijo “…Yo haré un pacto con ellos y les escribiré mis leyes en sus corazones…”

Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. 

1ª Juan 2:20

Toda la enseñanza ya está dentro de nosotros en Cristo Jesús, entonces no necesitamos quién nos enseñe. Dios no está interesado en derribarle los argumentos a los impíos, porque los impíos ni siquiera tienen argumentos porque están muertos. Los argumentos que el Espíritu Santo quiere romper en un primer nivel son los argumentos altivos y orgullosos que  funcionan en los que se supone que son hijos de Dios. 

Nuestra próxima victoria está en derribar un pensamiento que ya no está alineado a lo que Dios está haciendo hoy.

En el capítulo 1 de romanos Pablo dice “deseo ir a vosotros para anunciaros el evangelio”, y en el vers. 16 dice: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.”

Hay un nivel del evangelio donde todavía los cristianos caminan con la cabeza baja, pero hay un evangelio que va a elevar nuestro rostro porque nos hará caminar en la grandeza de Dios. Para que el evangelio funcione es igual que en todas las profesiones, si no queremos ser juzgados por mala praxis tenemos que tomar el evangelio como el asunto más importante de nuestra vida. 

O sea que lo que hablamos acá merece más horas de lo que enseña un profesor, que son cosas externas que nos servirán para que algún día tratemos de encontrar un trabajo por allí para alimentar la casa. Lo que estamos oyendo ahora es la vida de Dios impartida en nosotros; y si le damos intensidad y profundidad a través de la vida del espíritu, este evangelio va a producir todo lo que necesitamos en Cristo sea cual fuere la circunstancia que nos toque vivir. 

Solamente será un evangelio que nos va a mantener regulando en la fe, creyendo que si algún día nos morimos vamos a ser salvos y con todos los riesgos inmunológicos  que tenemos de que ante la próxima adversidad todo nuestro mundo espiritual se ponga en duda, se conmueva, y tengamos que volver a empezar.

Tenemos que darle al evangelio el mismo tiempo de lo que para nosotros es lo más importante, y esto incluye la crianza de los hijos, incluye mantener abierto el negocio, o llegar temprano al trabajo; si el evangelio mínimo no llega a ese nivel de importancia no hay garantía que la palabra funcione.

El evangelio incluye y demanda la maxima dedicación.

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